Jornada de estudio: La Transferencia 4 de julio de 2026
Para el encuentro de hoy en lugar de buscar en vano en este Seminario el concepto ya constituido del objeto a, traté de ver de qué manera, podremos reconocer cómo, sesión tras sesión, Lacan prepara su nacimiento.
En este 1960 todavía no existe el objeto a “nombrado”, estabilizado, materializado en una letra. Hagamos abstracción entonces de la familiaridad que puede provocar en nosotros su sola evocación y tratemos de vivir con simplicidad y sorpresa aquel momento de novedad y de descubrimiento.
Esta tarde lo que veremos es su génesis, su ascenso progresivo en el pensamiento, como una forma que emerge poco a poco hasta confirmarse definitivamente. Y esta génesis puede captarse, es lo les propongo exponer, a través de ocho tiempos mayores del seminario, ocho momentos en los que la transferencia cambia de estatuto y en los que, por ese mismo cambio, un “objeto” de un tipo nuevo aparece, se vuelve pensable: no el objeto que se quiere obtener, sino un objeto que hace desear.
El primer punto es un desplazamiento inaugural, casi una transformación de la visión del psicoanálisis. Lacan parte de lo que, en la experiencia analítica, es a la vez banal y decisivo: el amor de transferencia. Pero lo saca del registro sentimental para introducirlo en el registro de la lógica. La transferencia, dice Lacan en sustancia, no es solamente la huella de un pasado afectivo sobre el presente, como decía Freud, ni el simple retorno de una antigua historia: es un amor dirigido a un saber. O, más exactamente, a un lugar donde se supone un saber. El sujeto avanza en el análisis como se avanza hacia un tesoro escondido: no porque esté seguro de que existe este tesoro, sino porque no puede evitar creer en él. Esta suposición transforma ya la escena: el objeto del amor deja de ser la persona real del analista y se convierte en ese “algo” que se imagina detrás de ella. He aquí el primer esbozo del objeto a: un contenido supuesto, un “plus” imaginado en el Otro, que atrae, fascina, pone en marcha.
El segundo punto que aparece este año radicaliza este desplazamiento introduciendo el concepto de disparidad subjetiva. Lacan rompe la ilusión de una cura entendida como una situación intersubjetiva, equilibrada, simétrica, donde dos conciencias intercambiarían. No. En el análisis, los lugares no son equivalentes. Está quien demanda, y está aquel a quien se supone saber, no porque sepa realmente, sino porque el dispositivo lo coloca en ese lugar. Esta disparidad es capital: ¿Por qué? Porque separa la persona de la función. A partir de entonces, el sujeto puede amar al analista, ¿por qué no? pero lo que ama no coincide con un individuo; ama, a veces sin saberlo, al lugar que sostiene el enigma. El objeto en juego entonces se desprende, ya no pertenece al campo de la psicología de las cualidades y se vuelve un efecto de estructura. Dicho de otro modo, el objeto empieza a ser topológico, quiero decir que existe porque está situado, porque ocupa un lugar y no porque sea poseído.
El tercer punto es un giro, un rulo, una formulación que hubiese podido ser dicha por Diotima: se trata del amor articulado a la falta. Aquí, Lacan no propone una moral del amor, sino una gramática amorosa. Lo que enseña esta vuelta, este paseo por el Banquete es que el amor apunta a lo que no se tiene. Esta fórmula lo cambia todo. El objeto deja de ser la cosa que se puede tomar, obtener, acumular. Se convierte en lo que falta, lo que se sustrae, lo que no se da como propiedad. Y, sobre todo, el amor se vuelve legible, quiero decir que se puede leer, como se puede leer o escuchar el deseo cuando se declara. A partir de ahí, el objeto del amor ya no es el término de la búsqueda: se convierte en aquello que provoca la búsqueda. Con esto enunciado así, hemos cruzado un umbral: el objeto está pasando del estatuto de meta, de objetivo, al estatuto de causa.
El cuarto punto es tal vez el momento más luminoso del seminario ya que se trata del Agalma. Lacan toma en serio la escena de Alcibíades como si fuera una viñeta clínica antigua, la presentación de un caso, una demostración en acto. Alcibíades, borracho y todo, ama a Sócrates no por sus encantos —este viejo no los tiene ni mirándolo de lejos— tampoco por una imagen idealizable, sino porque supone en él ese “tesoro escondido” del que hablamos antes. El agalma es ese precioso interior, ese pequeño destello alojado en el Otro, que el deseo imagina y persigue. Y Lacan insiste en lo esencial: Sócrates no tiene nada. El objeto es supuesto, proyectado, producido por la estructura del discurso amoroso. El agalma ofrece aquí una primera figura completa del objeto a: un “nada” que brilla, un vacío investido como riqueza, una causa invisible que pone en movimiento el deseo. En este punto del seminario, la matriz está ahí: la transferencia es la máquina que fabrica el objeto, la transferencia es la máquina que fabrica el objeto a al suponerlo en el Otro.
El quinto punto se formula como una metáfora: como una naranja enrojecida se vuelve sol en una frase sobre el atardecer, el amado se vuelve amante en el transcurso de la cura. Podría pensarse en un juego de palabras o en una canción de Roberto Carlos, pero en realidad se trata de un mecanismo lógico. Porque si el amado, mediante un vuelco, se convierte en quien ama, entonces el amor revela que no es una simple relación de un sujeto con un objeto. Sino que se trata de una operación de lugares. Ya habíamos dicho que en un momento dado del análisis el sujeto se descubre deseante a partir de un objeto supuesto y que esa suposición lo transforma. Bien entonces: El objeto no viene después del sujeto: es el objeto a que produce al sujeto como deseante, lo divide, lo subraya y lo arranca de la plenitud imaginaria. Aquí se dibuja la función más fina del objeto a: no el objeto del que se goza, sino el objeto que hace hablar, el objeto que hace levantarse al sujeto como pregunta. En un momento nuestro paciente pasa de la demanda, de la queja, del dolor à la interrogación.
El paciente llega a menudo en posición de amado, en el sentido de que se presenta como objeto de demanda, de espera, a veces de súplica: “que me respondan”, “que me reconozcan”, “que me garanticen algo”. Pero la cura hace aparecer —a veces brutalmente, a veces de manera más discreta— un vuelco: aquel que parecía esperar el amor o el asentimiento del Otro se pone a amar, es decir, a tomar la iniciativa, a investir, a exigir, a juzgar, a poner a prueba al analista. Este vuelco es clínico: la adoración puede convertirse en acusación, la dependencia en dominación, la demanda en ultimátum. Y es estructural: muestra que el amor de transferencia no es una “relación” entre dos personas, sino una operación mediante la cual el sujeto se reconfigura alrededor de aquello que supone en el Otro (un “tesoro”, un saber, un bien escondido).
Se trata de un mecanismo muy preciso: en la transferencia, no es ante todo el sentimiento o la “emoción” la que manda, sino una rotación de los lugares.
El sexto punto prolonga este desplazamiento anclándolo en la teoría del lenguaje: estamos hablando del deseo como metonimia. Lacan insiste: el deseo no se fija, se desliza; se desplaza, salta de una palabra a la otra en la cadena significante. Y es por ese mismo movimiento que ningún objeto real puede saturarlo. Y, es por eso que, el objeto que causa el deseo no puede ser un objeto total, pleno, consistente, con nombre y apellido. Por el contrario, toma la forma de un resto, de un fragmento, de un pequeño trozo desprendido: algo que no se deja simbolizar enteramente, pero que, por esta causa justamente, imanta la palabra. Esta lógica del “resto” es, efectivamente, la del objeto a: un objeto parcial, irreductible, no integrable, que no es el complemento del sujeto sino la puntita, aquel extremo de un borde casi oculto, disimulado y misterioso a veces, donde el sujeto se descubre incompleto. Algo le falta. Allí donde el lenguaje organiza la circulación de las palabras, este objeto aparece como lo que persiste, como lo que no se puede, como lo que resiste a ser dicho completamente.
Clínicamente, la metonimia del deseo se reconoce por el hecho de que la sesión progresa por tomas laterales: el paciente habla de un vecino, de un libro, de un incidente mínimo, de un recuerdo banal —y de pronto es ahí donde la verdad se aloja, no en el «tema principal» anunciado. No es que el sujeto «se equivoque de tema»: es que el deseo no se presenta frontalmente. Pasa por el borde. Sabemos que lo que hace la eficacia de la escucha analítica no es ir derecho al objetivo, es seguir la lógica de los desplazamientos —porque es ahí donde el deseo, como efecto de la cadena significante, toma cuerpo.
El séptimo punto introduce la dimensión más clínica de esta génesis del objeto que estamos descubriendo juntos: la angustia. Lacan retoma a Freud y la teoría de la señal y nos dice que la angustia no surge simplemente como un exceso emocional; sino que funciona también como índice de que hay borde, esta vez un borde frágil, como advertencia de que se presenta un punto en el que algo toca la estructura de la falta. Ahora bien, en el horizonte lacaniano, la angustia tiene esta propiedad singular: aparece allí donde la falta vacila, donde titubea, allí donde el vacío ya no mantiene su lugar de vacío. Dicho de otro modo, la angustia señala una vecindad con el objeto del deseo de cada uno. Se vuelve el lugar donde el objeto, hasta entonces supuesto, se manifiesta de otro modo: ya no como promesa de plenitud, sino como presencia inquietante del indicio de una posibilidad de realización, como si pudiese aparecer lo que faltaba, como la irrupción de aquello que no debería presentarse. A partir de aquí, en este Seminario el objeto a ya no es solo causa del deseo; es aquello que, cuando se acerca demasiado, puede desencadenar la angustia.
El octavo y último punto: es la exigencia ética final: la des-idealización de la posición del analista. Mientras el analista sea tomado como ideal —ideal moral, ideal de saber, ideal de conocimiento de la técnica psicoanalítica para algunos pacientes, ideal de conducta— el objeto queda pegado a su persona. La cura se congela: el analista se vuelve estatua y el agalma se vuelve fetiche. Por eso Lacan exige una operación de separación: el analista debe consentir en no ser el ideal, en no ofrecerse como imagen, en no darse como bien. Debe nada más y nada menos que sostener un lugar. Este retiro no es modestia; es una condición técnica para permitir que el objeto supuesto en el analista pueda ser devuelto a su lugar verdadero, ¿Cuál es su lugar verdadero? —el de la economía del deseo del analizante — y para esto es necesario que el analista no se identifique nunca con él. Entonces el objeto a se desprenderá, caerá: no como atributo del analista, sino como estructura del fantasma de la persona en análisis, como causa propia de su deseo, que por fin se pudo leer.
Para concluir voy a tomar un minuto y medio más para repetirme porque me parece necesario recordar el camino transcurrido por Lacan este año.
Esta es la dramaturgia de este Seminario:
Al comienzo, el sujeto supone un tesoro en el analista; al final, ese tesoro es reconocido como una producción del deseo del analizante, y el analista no es más que el lugar donde esa producción tuvo lugar.
Entre estos dos polos, ocho tiempos organizan la progresión: la suposición de saber en el Otro, la disparidad de los lugares entre analista y analizante, el amor estrechamente relacionado con lo que falta, el agalma, ese magnifico escondido, la metáfora del amado y el amante, la metonimia del deseo que se desliza, la angustia como señal de una posible realización, y la des-idealización ética del analista. Esta lista que parece un catálogo es más bien una arquitectura. Y es precisamente esta arquitectura la que hace de este Seminario la matriz, el soporte, la cuna, en la que el objeto a aparece incluso antes de ser nombrado, años antes de ser utilizado sistemáticamente para entender como todo esto funciona cuando el análisis funciona y aparece como la verdad estructural de la transferencia.
Muchas gracias