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MELMAN Charles
Date publication : 26/03/2019

 

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En la villa de Yvelines donde suelo pasar fines de semanas, se había abierto una tienda de abarrotes cuya especialidad era que sus productos provenían exclusivamente de una zona situada a menos de 50 Km. Así se podía comer y defecar entre sí. Al extranjero se lo mantenía fuera de la frontera y un fuerte sentimiento comunitario debía reunir a estos nuevos ciudadanos. ¡Oh París! ¡La cosmopolitalidad! parisisiens têtes des chiens, parigots têtes de veaux [1]. La carretera nacional que llevaba a la capital, estaba bloqueada en las rotondas y para entrar había que vestir un chaleco amarillo dando testimonio de sumisión a las nuevas normas. Todo el mundo era igual, hombres mujeres perros y cerdos (se es anti-especistas) y se cortaba alegremente a cada uno en la misma troncha y en la misma tajada vegana.

El jefe nos recordaba que éramos autónomos y teníamos el derecho de pensar como uno quiera. ¿Cómo yo quiera? Ya no sé, ¡ah! sí, como los demás por supuesto, ahora que uno es independiente. Lo que nos hacía falta era una bandera cuando alguien sugirió que ya sea blanco, virgen, sin nada, ¡era la libertad, pues! Pero otro recordó que esa bandera era la de la rendición y que, si otros escogían lo mismo, ya no serían autónomos. Entonces el jefe encontró la palabra que hacía falta: se hará una comisión, habría dicho, para estudiar la cuestión. Grande o pequeña, no lo dijo.

Ch. Melman

20 de marzo de 2019

P.D.: La historia de la tienda de abarrotes es evidentemente auténtica y el resto únicamente real.

Traducción al español: Iris Sánchez

 

[1] N.d.T.: Estribillos en rima que, al igual que en otros lugares, se dice en chanza de los capitalinos. “Parisinos cabezas de perros, parisienses cabezas de becerros”. 

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